Psicoterapia Natural

La Psicoterapia Natural: Una visión abierta de la terapia

 

Existen una gran variedad de teorías, escuelas y doctrinas psi­cológicas acerca de la concepción y el abordaje de la salud mental y sus problemas asociados. Todas merecen un respeto y consideración, todas pueden tener sus pros y sus contras, sus más y sus menos, sus partidarios y detractores. Cada teoría, cada escuela, nos aporta conocimientos y utilidades de gran relevancia en la búsqueda de la comprensión de la realidad mental humana; esto también es aplicable para las diferentes teorías, escuelas y técnicas que se han desarrollado y se desarrollan actualmente tanto en Occidente como Oriente. Sin embargo, no debemos olvidar que el ser humano tiene una enor­me complejidad y por otro lado, cada ser humano es único en sus vivencias y en su proceso vital.

Cada persona es diferente y por eso no podemos decir que exista una sola forma de sanar a todo el mundo. En último caso, podríamos decir que son complementarias y que tendremos que adoptar diferentes técnicas y recursos dependiendo de las perso­nas, sus conflictos y necesidades. Sus “momentos”.

En ese sentido, se podría decir que hay también tantos tipos de terapia como escuelas de terapia y terapeutas. Desde mi pun­to de vista, existen tantas terapias como pacientes. Mejor dicho, cada paciente puede necesitar un tipo de terapia dependiendo de la situación vital que está viviendo en cada momento. Hay tantas terapias como momentos y circunstancias atraviesan las personas a lo largo de su vida.

Por ello, es importante conocer y experimentar los diversos métodos, técnicas y recursos de las diferentes teorías y escuelas tanto de Occidente como Oriente. Así podremos aplicar los recursos más apropiados a la situación que está viviendo cada persona en cada momento concreto y cen­trarnos en sus necesidades. Si disponemos de una gama de téc­nicas y recursos variados y diversos, ¿por qué nos tenemos que limitar a una teoría, una escuela concreta únicamente?. Mi idea es adaptar el tipo de terapia a cada persona concreta y poniendo a su servicio un amplio bagaje y repertorio de técnicas y recursos terapéuticos, muchos de ellos, al alcance de la mano.

Valoro la capacidad de adaptación del terapeuta a cada caso y cada persona. Por ello he intentado abarcar una variedad de re­cursos, técnicas y diversas orientaciones psicológicas. Si bien me parece necesario manejar algún modelo de referencia, me consi­dero ecléctico y eminentemente pragmático. En ese sentido no me “encasillo” en una corriente concreta, solamente me “enca­sillo” en las necesidades del paciente. Tengo el convencimiento firme en las posibilidades de los pacientes, apoyando sus puntos fuertes, con una perspectiva vital y positiva. Mi experiencia y práctica clínica y profesional me afianza en la idea de que cada persona requiere una terapia concreta en un momento concreto.

Por otra parte, cada día se habla más de una medicina natural, ¿por qué entonces no hablar también de una psicoterapia natu­ral?. Se entiende por psicoterapia todo tratamiento de naturaleza psicológica que, a partir de manifestaciones psíquicas o físicas del sufrimiento humano, promueve el logro de cambios o modi­ficaciones del comportamiento, la adaptación al entorno, la salud psíquica y física, la integración de la identidad psicológica y el bienestar bio-psico-social de las personas y grupos tales como la pareja o la familia. ¿Acaso este camino que supone la psico­terapia no puede ser recorrido desde un modelo naturista?, yo creo que sí.

Podemos entender por psicoterapia natural el uso del sentido común, lo holístico, la empatía, lo vivencial, la intuición, el humanismo, la sabiduría popular y ancestral, la capacidad te­rapéutica de la naturaleza; usar recursos relativamente sencillos, accesibles, adaptables, compatibles, económicos y ecológicos, que puede ayudar a que el ser humano sea más feliz y más capaz de hacer feliz.

Entiendo que la mente y el cuerpo son uno, de forma que lo que afecta a la mente también le afecta al cuerpo y viceversa. El Ser Humano es un ser integrado por cuerpo, mente y espíri­tu. Bajo la concepción holística de la persona, lo que sucede o altera un área, modifica a las demás. Ante un suceso cualquiera la persona responde de tres maneras diferentes: nuestro cuerpo responde por medio de unos síntomas fisiológicos; nuestra mente por medio de los pensamientos (interpretaciones, recuerdos, aso­ciaciones…) y nuestro espíritu responde y se manifiesta a través de las emociones.

Cada vez más personas padecen estrés, depresión y ansiedad. Son las enfermedades del futuro, según la OMS, son las enferme­dades del presente, según un servidor. Por eso, es importante dis­poner de herramientas que nos permitan enfrentarnos al estrés, causa principal de muchos de nuestros problemas emocionales.

La importancia del estado del organismo, su efecto sobre la conciencia y su relación con el estrés fue señalado ya, hace si­glos atrás, por filosofías tan antiguas como el zen, el yoga y el sufismo. En el siglo XX, la psiquiatría occidental se ha visto in­ fluida en su estudio por la interacción entre el cuerpo y los es­tados emocionales. En este sentido, los trabajos realizados por Wilhelm Reich han sido fundamentales. Dos teorías modernas concentran su atención en el cuerpo y en sus relaciones con el estrés emocional: la terapia de la Gestalt de Fritz Perls y la te­rapia de la bioenergética de Alexander Lowen. Ambas trabajan estrechamente en la relación mente-cuerpo y mantienen la teoría de que el cuerpo siente el estrés antes de que éste se haga cons­ciente a nivel mental. La tensión muscular es la manera en que el organismo nos permite saber que estamos estresados. Mucha de la tensión que hay en nuestro cuerpo no es percibida porque nuestra atención se dirige de forma preferente hacia el exterior.

El estrés laboral provoca daños a la salud del 61% de los tra­bajadores de España (estudio global de Regus, 2013 ). La situ­ación de la economía española ha incrementado la presión a la que se someten los trabajadores: empeoramiento de su estado de salud, el 40% de los trabajadores ha padecido insomnio en al­guna ocasión a consecuencia del trabajo, el estrés laboral está afectando también a las relaciones personales.

Las personas afectadas del estrés laboral están al borde de la extenuación. Por la situación económica las empresas presionan para que los trabajadores hagan más por menos. Esta presión está pasando factura, deteriorando gravemente la salud de las perso­nas.

El consumo de antidepresivos se ha disparado en España y en todo el mundo occidental. Desde que se extendió el diagnósti­co de la depresión y su prescripción en los centros de atención primaria en la década de los noventa del pasado siglo, el uso de estos psicofármacos ha vivido una escalada constante. Su uso se ha doblado en una década y desde el inicio de la crisis la escala­da ha sido algo mayor, según los últimos datos de la OCDE. Al ritmo que han crecido los antidepresivos lo han hecho también los ansiolíticos (cuyo uso ha aumentado un 37,3% desde el año 2000 a 2011) y los medicamentos hipnóticos y sedantes, que se han incrementado un 66,2%, según un estudio de investigadores de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitari­os. Además, aunque se han perfeccionado mucho, tienen efectos adversos y secundarios y su tratamiento no se puede disconti­nuar así como así. Hay un consumo indicado por los médicos pero reclamado por el paciente para problemas relacionados con el sufrimiento y el dolor. Para afrontar un duelo, para paliar el malestar tras una ruptura amorosa, también para los problemas laborales. El sufrimiento se tolera mal. En España, el grueso de la prescripción de antidepresivos se realiza en atención primaria, de hecho, solo el 30% de estos fármacos se recetan por un espe­cialista. Una de las dificultades que afrontan los médicos ante los síntomas que se podrían definir como depresivos leves o modera­dos es la de saber dónde está el límite entre la normalidad y la pa­tología.

No toleramos el más mínimo displacer, la sociedad nos vende un mundo hedonista en el que hay que ser feliz y lo que es peor, hay que consumir para ser feliz. Todo ello ha llevado a desarrollar modelos de la llamada psicología positiva (Seligman, 2002), lo cual es un error en mi opinión. Desde que nos hemos marcado el objetivo de la felicidad como fin de nuestra existencia estamos más frustrados que nunca; contra más tenemos, más in­felices somos.

¿No será que nos estamos equivocando al buscar algo inalcanzable como es la felicidad?. La felicidad son mo­mentos, y hay que disfrutarlos cuando surgen, pero no puede ser que el objetivo de nuestra vida sea ser felices. Además, la felici­dad es en parte un estado hipomaníaco en el que perdemos cierto contacto con la realidad. Por eso, creo que el objetivo real de la persona ha de ser alcanzar la serenidad y evitar el sufrimiento, ambos son alcanzables y nos permiten un desarrollo pleno de nu­estro potencial. No podemos eludir que el sufrimiento forma par te de la naturaleza humana, de lo que se trata es de identificarlo, aprender de él y saber qué herramientas utilizar para eliminarlo. Eso es vivir, eso es crecer. Una vida sin sufrimiento no tendría sentido alguno. En palabras de Maslow (1972), el hombre tiende a autorrealizarse, lo cual no es sinónimo de alcanzar la felicidad, autorrealizarse es superarse y vencer las adversidades. Para ello, parece fundamental que la persona busque (y encuentre) un sen­tido a su existencia (Frankl, 1979).

Para paliar el sufrimiento cotidiano, al igual que para los cu­adros menores de ansiedad, son más eficaces otras terapias que mejoran y no cronifican el sufrimiento humano que tan mal se tolera hoy y al que se responde con psicofármacos. Está ganando terreno la psicoterapia y opciones como el yoga o el mindfulness. Cada vez más médicos ‘recetan’ deporte, libros o psicoterapia. En las depresiones leves o moderadas los fármacos tratan los síntomas pero no la causa. Por eso, a veces, cuando el tratami­ento acaba el problema sigue ahí. Se han ampliado los límites de lo que se considera una depresión. Ahora tras ese constructo, bajo ese paraguas, se mete cualquier sintomatología de tristeza o desánimo que se pueda tener, aunque sea sana, legítima y propor­cionada.

¿Acaso no es normal que me sienta mal si tengo alguna adversidad en mi vida?, parece que queremos estar anestesiados ante las dificultades de la vida y disfrutar de una manera estúpida del concepto de felicidad que nos venden los medios de comu­nicación. Cada vez más los médicos de atención primaria que derivan a los servicios de salud mental – aunque la gran mayoría ya llevan pautado el tratamiento farmacológico – recomiendan otras terapias que pueden ayudar a superar el problema o a lograr mayor bienestar.

Un compañero, un libro, una música que nos guste, compartir una comida y una tertulia con amigos, un paseo por el campo, etc. son mejores recursos terapéuticos que cualquier fármaco.

Aspectos aparentemente simples como la respiración, el contacto con la naturaleza, escuchar música o pasar un rato agradable con personas que apreciamos, se convierten en aliados terapéuticos.